Conocer cómo se encuentra habitualmente una persona mayor ayuda a reconocer cuándo algo cambia y merece atención
Cuidar a una persona mayor también significa conocer cómo es en un día normal: cómo camina, habla, come y bebe, duerme, cuál es su estado de ánimo y su nivel de actividad. Esto permite detectar más fácilmente cualquier cambio. En las personas mayores, especialmente si son frágiles, una enfermedad grave no siempre se manifiesta con síntomas típicos y puede aparecer a través de señales como mayor confusión, menos apetito, una caída, más sueño o simplemente no encontrarse como siempre.
Un cambio brusco respecto a lo habitual, producido en horas o pocos días, merece atención. Por ejemplo, una caída, mayor inestabilidad o una nueva dificultad para caminar o mantenerse en pie. También puede necesitar de repente más ayuda para vestirse, asearse o ir al baño, sentirse mucho más débil o cansada, comer o beber menos o perder peso sin explicación. Otras señales son la aparición de incontinencia, fiebre, dificultad para respirar o cambios en la piel, como heridas, enrojecimiento, zonas de presión o hinchazón de las piernas.
También hay que prestar atención si la persona comienza de repente a estar más confusa, no sabe dónde está o qué día es, tiene dificultades para prestar atención o seguir una conversación, o está mucho más agitada o somnolienta de lo habitual. Los cambios en el sueño también pueden ser una señal. Además, conviene observar el estado de ánimo, especialmente si aparece tristeza persistente, pérdida de interés o aislamiento.
La clave está en conocer cómo se encuentra habitualmente la persona mayor y observar cuándo algo cambia. Tener como referencia cómo camina, se comunica, come y bebe, duerme o se encuentra de ánimo ayuda a reconocer los cambios respecto a su situación habitual.
